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jueves, 7 de julio de 2016

Especialistas en generalidades

(publicado originalmente en Mi ágora particular)

Desconocía y me ha gustado la expresión que Jordi Llovet, en un artículo acerca de George Steiner (suplemento Babelia de El País de 02/07/16) adjudica a José María Valverde al citarle diciendo que éste acuñó la etiqueta "especialista en generalidades", aparente oxímoron para referirse al humanista de intereses y conocimientos extensos, variados y, por qué no, incluso dispersos (o, también podríamos decir, el que se caracteriza por saber un poco de todo y mucho de nada), con una visión más global que de detalle y capaz de interrelacionar de manera holística las más distintas facetas de la realidad, el cual contrasta con el especialista sensu stricto, que hoy en día se entiende que normalmente (y normativamente) lo es en algún asunto técnico, tecnológico o, como mucho (en cuanto a adentrarse en el terreno de lo teórico), tecnocientífico, y que, frente a este último, parece encontrarse en peligro de extinción ante la ausencia de valoración y, en consecuencia, de atención, por parte tanto de instituciones gubernativas, educativas y económicas como de la sociedad en general. Es esa concepción de nuestra cultura, la cual se está potenciando desde instancias oficiales, la que imposibilita que buena parte de nuestros ciudadanos puedan ser capaces de comprender una oración tan absurdamente larga y plagada de subordinadas como la anterior (o como esta misma, aunque un poquito menos en su caso), la cual resulta de manera obvia totalmente antiperiodística y posiblemente incluso antiliteraria, a menos que uno sea Sánchez Ferlosio, que ya le digo a usted que no aunque nos gustaría.

Todo esto viene a cuento de que, leyendo el artículo arriba mencionado junto con una jugosísima entrevista a Steiner que aparece junto a él (ambos rematados con unos breves apuntes sobre su obra), se nos ha recordado de nuevo la tan traída "crisis de las humanidades". Tampoco vamos a ponernos ahora a abundar en el análisis del fenómeno, que ya lo han hecho tantos otros mucho mejor de lo que pudiera hacerlo jamás el aquí firmante (únicamente como botón de muestra al respecto, no podemos dejar de recordar y recomendar el celebrado La utilidad de lo inútil, de Ordine). Nuestra única intención en este momento era abrirles el apetito con respecto a esa especie de minimonográfico sobre Steiner con que nos ha regalado El País (por si alguien se ha perdido, recordemos: aquí,  aquí y aquí), así como con respecto a las mismas figura y obra de este pensador,
personaje que, como bien se transmite en los textos mencionados y arriba ya hemos sugerido, es posiblemente uno de los últimos de su especie (sobre todo una vez ya desaparecido Umberto Eco). Y difícilmente sustituible cuando llegue el momento (tiene ya 88 años), dado que nada en las condiciones socioculturales en que ahora nos encontramos favorece la existencia de individuos con semejantes bagaje y actitud intelectuales.

Y así volvemos al asunto aquél del menosprecio y desplazamiento de los saberes humanísticos que ahora, en la fase preparatoria del próximo curso escolar, en el cual se termina de implantar la LOMCE del infausto exministro Wert, no podemos dejar de tener muy presente. Esos saberes que a nuestro parecer reciben su nombre no tan sólo de que tomen como objeto los productos humanos, sino también del hecho de que nos humanizan. En septiembre retornaremos al aula con la inevitable sensación de que ante nosotros difícilmente hay ya ningún potencial especialista en generalidades, sino más bien (en expresión imborrable de una compañera de trabajo de hace ya muchos años) futuros "monitos aprietatornillos". Another brick in the wall, que dijeron otros pensadores de pro.


martes, 10 de mayo de 2016

Onfray: "Filosofar como un perro"


Publicado originalmente en miagoraparticular.blogspot.com.es




Michel Onfray
Filosofar como un perro
Traducción de Iair Kon y Mateo Schapire
1ª edición, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2013



El volumen que reseñamos recoge textos procedentes de una serie de libros originalmente editados como una trilogía bajo el título común de La philosophie féroce: Exercices anarchistes (2004), Traces de feux furieux (2006) y Philosopher comme un chien (2010). A pesar de una voluntariosa indagación en Internet y a falta de la posibilidad de tener en nuestras propias manos las ediciones originales francesas para poder cotejarlas con esta edición en español, no hemos conseguido averiguar con certeza los detalles de la traslación. ¿Hay textos de los tres libros o sólo de los dos últimos, como nos indicaría el hecho de que en el copyright no se acredite ningún texto del 2004? Pero, si es así, ¿por qué este libro se encuentra organizado no en dos sino en tres partes, una de ellas con el título general de la trilogía, y qué criterio se ha seguido entonces para semejante agrupación de los textos? ¿Aparece la totalidad de los textos de cada uno de los libros o sólo una selección? En fin, sabemos que después de todo es más importante el contenido en sí que detalles técnicos de ese cariz, pero aún así enviamos un tirón de orejas a la editorial argentina, cuya  manera de escamotear información de interés ofrece una evidente impresión de desidia, falta de seriedad y, a fin de cuentas, desagradable amateurismo.

Una vez confesado lo que no sabemos, veamos lo que sí sabemos. Este libro recoge al menos, con (casi) toda seguridad, los textos recopilados originalmente en Philosopher comme un chien, cuyo título es además el adoptado por esta edición. Dichos textos fueron publicados inicialmente como colaboración semanal de Onfray (desde septiembre de 2008 a agosto de 2009) en la revista satírica Siné Hebdó, a modo de columnas de opinión sobre asuntos de actualidad. El resto de los textos, pertenecientes a los otros libros enumerados, aunque no compartan ese origen sí poseen las mismas características formales y de contenido, lo que explica sobradamente que formen conjunto con aquéllos tanto en la trilogía original como en la presente edición.

En el prólogo, subtitulado Bajo el signo del perro (y que aunque en ningún lugar se especifica, tiene todas las trazas de corresponder originalmente a Philosopher comme un chien), el autor habla sobre el sentido, intención y procedencia de los artículos para Siné Hebdó.

Nos recuerda que la labor de redacción de columna de opinión en prensa supone necesariamente una dependencia de los asuntos de la actualidad, pero, por otra parte, éstos pueden servir como punto de partida o coartada para reflexiones más generales y que escapan de lo puramente coyuntural (“[...] sigue habiendo algo universal para meditar en la anatomía de una noticia en particular, porque en la superficie encontramos la sustancia de una época, de un tiempo [...]”). Efectivamente, y tal como dice Onfray, es esa una cualidad que, en nuestra opinión, idealmente siempre debería poseer semejante género literario. Y que, además, es previsible que se potencie cuando el autor es un filósofo, dados los hábitos mentales idiosincráticos de quienes se dedican a esta disciplina. De ahí que hoy podamos seguir leyendo con interés las colaboraciones para prensa de Ortega, del mismo modo que esperamos que dentro de cien años estos artículos de Onfray conserven su interés, a pesar de que muchos de los personajes y acontecimientos a que hacen referencia ya serán desconocidos para el lector del momento.

Onfray también confiesa que en la gran mayoría de los asuntos que trata, aunque desearía encontrar motivos para exhibir actitudes positivas, tan sólo los halla para la crítica y la protesta, de modo que “la ira, al indignación, el enojo, la exasperación, la irritación, dirigen mi pluma”. Y ello enlaza con el espíritu con que el autor pretende teñir estos textos, que es el del cinismo (de ahí el título del libro). Onfray aprovecha para hablar sobre el significado que para su formación personal ha poseído la filosofía helenística en general (esa filosofía para la vida que anima todo su pensamiento) y el cinismo en particular, rememorando la figura de Diógenes y el auténtico sentido que para él existe tras las conocidas anécdotas atribuídas a este personaje: la libertad absoluta ante todo convencionalismo y prejuicio, lo cual Onfray emparenta con el anarquismo moderno, y que se manifiesta en la crítica irreverente contra toda idea establecida, las mismas actitudes y espíritu con que el autor desea teñir estos textos.

En cuanto a los contenidos de los textos, resulta de especial interés la oportunidad de contemplar a Onfray tratando asuntos actuales y en ocasiones cotidianos, juzgando a determinados personajes públicos del momento y manifestando su opinión y posicionamiento personal acerca de cuestiones diversas de orden político y social.

Es recurrente la temática sobre la actualidad política francesa, con alusiones a hechos y personajes que desconocemos. Aunque no por este detalle se pierde el interés al respecto, pues tales asuntos dan pie a Onfray para ilustrar su propio posicionamiento político. Destaca fundamentalmente su crítica hacia el bipartidismo dominante repartido entre una derecha y una socialdemocracia que no se puede identificar con una verdadera izquierda, ambas defendiendo el liberalismo económico. Aunque tampoco se salva de los dardos del autor el comunismo, lo que le da ocasión para arremeter contra todos los intelectuales que lo han defendido, con Sartre a la cabeza, a los que acusa de faltos de pensamiento crítico. Frente a todo ello, Onfray se identifica con el socialismo libertario, posicionamiento ideológico a través del que filtra todas las opiniones expuestas en el libro acerca de asuntos sociales y politicos.

Inevitable en el caso de Onfray, en tanto que es uno de los temas que vertebran su pensamiento y en los que más ha destacado (su obra más célebre con diferencia, que no necesariamente la mejor ni la más representativa de su pensamiento, es su Tratado de ateología), también se repiten en varios de los artículos las referencias a la religión, el ateísmo y la Iglesia, en reflexiones donde nos recuerda su postura e ideas al respecto al hilo de noticias de actualidad sobre el Papa, el mundo islámico o el Dalai Lama, entre otras cuestiones.

Y también abundan los perfiles de otros pensadores contemporáneos, generalmente en tono crítico, como en el caso de Bernard-Henri Lévy (el nombre propio más repetido a lo largo del libro, permitiendo intuir cierta animadversión hacia él por parte del autor), Simone de Beauvoir, el ya mencionado Sartre, Guy Debord, André Glucksmann, Freud (con la narración de los primeros pasos de la investigación que daría como fruto Freud, el crepúsculo de un ídolo, el iconoclasta libro de Onfray sobre el padre-gurú-Papa-chamán del psicoanálisis), Lacan, Alain Badiou. Pero también en algunos casos (pocos, todo hay que decirlo) en tono positivo y ensalzador, como en el caso de Proudhon o Stirner, los cuales el autor presenta como referentes ideológicos. Por enumerar muy rápidamente otros temas, Onfray también nos habla del sistema carcelario, las votaciones democráticas y el abstencionismo, la extensión planetaria de la cultura estadounidense, la eutanasia, el derecho al matrimonio de los homosexuales, la cinegética, Córcega (lugar amado por Onfray), los nacionalismos regionalistas (el equivalente francés a nuestros nacionalismos autonómicos), el sistema público de salud, Calvino, el antiespecismo, el mundillo literario francés, los medios de comunicación, el europeísmo, su trato epistolar con el público, la amistad, la actualización del anarquismo,... y más, resultando imposible enumerarlo todo de manera exhaustiva, ya que es mucho (hablamos de más de un centenar de artículos) y variado.



SELECCIÓN DE CITAS:

Acerca del epitafio de la tumba de Diógenes: “En el mármol, entonces, el transeúnte podía leer: 'Desnudó nuestras quimeras'. No puedo imaginar una mejor definición de la filosofía”.

“Sobre Platón, el filósofo emblemático de los hombres de poder, la referencia de la gente importante, la recomendación de los cómplices del Príncipe, el gurú de los que le venden humo al pueblo, Diógenes decía: «¿De qué sirve un hombre que ha pasado todo su tiempo filosofando sin jamás inquietar a nadie?». Adhiero a esta definición de la filosofía: inquietar, inquietar al fulano lleno de certezas, inquietar al clon que cree que piensa cuando se contenta con duplicar la panoplia de su tribu (tanto de izquierda como de derecha, incluyendo a los anarquistas), inquietar al charlatán que actúa como espejo de su tiempo y de su época, inquietar al lorito del momento que vocaliza las órdenes lanzadas por una sarta de cretinos formadores de opinión. En resumen, inquietar”.

Acerca de la diferencia entre derecha e izquierda: “En pocas palabras, podemos decir que la derecha es fuerte con los débiles y débil con los fuertes, mientras que la izquierda, vía el reparto de bienes, la redistribución del ingreso, el reparto igualitario de las riquezas, la generosidad social, busca alcanzar lo contrario de esta jungla: a saber, la solidaridad con los débiles y el freno con los fuertes, para que no ejerzan su fuerza en perjuicio de los más desprotegidos. Una definición simple de la fraternidad...”.

“El terrorismo, salvo en casos probados, es con frecuencia la palabra que usamos para fustigar al enemigo cuando se lo quiere condenar sin pruebas o antes de constituir su expediente. Fascista, estalinista o pedófilo responden a la misma lógica”.

“Aunque ya no se trate de llevar a cabo la revolución para tomar el poder, la acción política sigue siendo urgente y no se debe renunciar a cambiar el mundo, está claro, pero esta vez debe hacerse multiplicando los actos de resistencia cotidianos -una idea que yo defiendo desde mis lecturas adolescentes de Foucault, Deleuze y Guattari en la Universidad de Caen-”.

A propósito del libro El sabotaje de Émile Pouget: “(...) un principio ético muy simple: se trata de invitar al sabotaje, siempre y cuando resulte perjudicial para el patrón y nunca para los empleados, los usuarios o los consumidores. (…) ¿Lá ética del sabotaje? «Busca mejorar las condiciones sociales de las masas obreras y liberarlas de la explotación que las oprime y las aplasta». Llamo sabotaje negativo a todo lo que termina siendo perjudicial para los usuarios y consumidores, y no para la patronal. Sabotaje positivo es el que, a la inversa, «apunta a la caja de la patronal», según la expresión de Pouget, y beneficia a los usuarios”.

“¡Qué idea más disparatada imaginar que la inteligencia previene de la barbarie, que la cultura impide la maldad, que el refinamiento le prohíbe a uno ser una bestia! (…) Y todas las contorsiones intelectuales no significan nada: se puede ser culto y bárbaro, sólo que éstos no hacen más que llevar la barbarie a grados de refinamiento intelectual insospechados; eso es todo”.

Citando a La Boétie: “(...) frase que constituye el epicentro libertario del Discurso de la servidumbre voluntaria: «Tomad la resolución de no servir y seréis libres»”.

“Así es como se reconoce al devoto: es incapaz de familiarizarse con los argumentos de quienes no comparten su fe sin insultarlos”.

“¿A qué se parece una vida filosófica? Presupone un motor existencial ideal y no sólo un motor biológico. Antes de cualquier acción, se necesitan una serie de proposiciones teóricas en función de las cuales uno puede luego organizar su vida cotidiana en detalle. Claro que se puede alegar que hay una gran cantidad de escuelas de sabiduría, numerosas vías en dirección al bien supremo, incluso que existen varias definiciones de este famoso bien supremo... Sin embargo, en más de veinticinco siglos de filosofía occidental, aunque hayan aparecido muchísimas maneras diferentes de acceder a él, el objetivo sigue siendo el mismo: relacionarse con uno, con los otros y con el mundo de una manera suficientemente controlada como para poder ser dueño de sí mismo en cualquier circunstancia. De ahí el trabajo sobre los propios deseos: no desear más de lo que puede ser satisfecho; no querer lo imposible y contentarse con lo realizable; no confundir los deseos con la realidad”.

sábado, 24 de mayo de 2014

Onfray y Le Roy: "Nietzsche"

por Agustín Sanz (publicado originalmente en miagoraparticular.blogspot.com)





Michel Onfray y Maximilien Le Roy.
Nietzsche
(Nietzsche: Se Créer Liberté).
Traducción de Elena Martínez.
Año de publicación: 2011.
Edición: Sexto Piso, Madrid, 2012.



En su momento ya dedicamos una entrada al hermanamiento entre cómic y filosofía, a propósito de unos cuantos productos editoriales que coincidían en la pretensión de hacer accesible nuestra disciplina al público a través de un género, el de la historia gráfica, popular por definición. La misma intención poseen los autores de la obra que aquí reseñamos: “sacar la filosofía del gueto” (en palabras de Michel Onfray, uno de esos autores).
 
Michel Onfray... versión cómic, por supuesto

Nos encontramos con un volumen que tiene como protagonista al pensador Friedrich Nietzsche. Su guionista es el ya mencionado Onfray, uno de los filósofos más destacados de la actualidad y nietzscheano a ultranza (siempre teniendo en cuenta que ser nietzscheano, como el mismo Onfray y tantos otros han repetido a menudo, no consiste en pensar como Nietzsche sino en pensar a partir de Nietzsche). El germen de esta obra se encuentra en su libro La inocencia del devenir (Gedisa, 2009), biografía del alemán en forma de guión cinematográfico que finalmente alcanzaría su plasmación en imágenes, si no en una pantalla, sí en ese “cine de los pobres” (el dibujante Maximilien Le Roy dixit) que es la novela gráfica (siempre tebeo, para los españoles que somos de cierta generación). Hemos de puntualizar que no hemos leído el susodicho libro, por lo que no podremos realizar una comparación entre el mismo y su adaptación al cómic que sin duda enriquecería esta reseña, ni volveremos a hacer referencia a él a partir de ahora.

Maximilien Le Roy... ese señor con pinta de haber hecho un cómic sobre Nietzsche

Otra advertencia que procede realizar es que, aunque aficionados al género, ni somos especialistas en el mismo ni mucho menos nos sentimos capacitados para ejercer de críticos, por lo que prescindiremos de la alusión a aspectos (gráficos, semióticos,...) a los que sin duda también sería interesante atender.

Dicho todo lo anterior, ¿qué nos encontramos en Nietzsche? No debemos acudir a este libro, desde luego, buscando una exposición divulgativa de su filosofía, aunque quizás alguien pueda pensar en un primer momento que consiste en “ese tipo” de obra. Se trata, como ya hemos dicho, de un relato biográfico, en el que por supuesto encontramos retazos del pensamiento de su protagonista, que se desarrolla en una sucesión de retratos de determinados momentos significativos de la vida de Nietzsche; algo así como los hitos de su existencia. Así, se va saltando de una a otra de esas estampas (no ocupando muchas de ellas más de una, dos o tres páginas) en orden cronológico, siempre con el respectivo encabezamiento que sitúa en fecha y lugar.

A modo de prólogo, arranca de manera algo tópica y previsible con las imágenes del Nietzsche enajenado y convaleciente de sus últimos años (tomadas, obviamente, de las famosas fotografías que todos conocemos). Pasa después a recorrer distintos momentos de su infancia que nos aproximan a su entorno familiar y a los acontecimientos vitales que marcarían tanto su personalidad como (¿acaso no es lo mismo?) su filosofía: escuchando a su padre tocar el piano ya en la cuna, primer contacto con  algo que después sería tan importante para él como la música; la muerte de su hermano Joseph, la atracción por los antiguos ya en su época escolar en Pforta,... Más tarde, el descubrimiento de Schopenhauer, la relación con Wagner, su nombramiento como precoz profesor en la Universidad de Basilea, su retiro en diversos puntos de Europa, con su tiempo austeramente repartido entre el estudio y la escritura y los paseos por los bosques...

Desfilan, por supuesto, los personajes fundamentales en su trayectoria vital: su hermana Elizabeth, Peter Gast, Cosima Wagner, Paul Rée, Lou Andreas-Salomé,... o el mismísimo Zaratustra, en forma de una visión que asalta al protagonista mientras camina entre las montañas de Sils-Maria. Salpicando aquí y allá, algunos retazos de su filosofía: la muerte de Dios, la voluntad de poder, el eterno retorno... Aunque, como ya dijimos, en ningún momento en forma de una exposición con pretensiones de la más mínima profundización ni aclaración de tipo didáctico. Y, finalmente, por supuesto, su decadencia, con el famoso episodio del caballo como un momento en que los autores se recrean especialmente o su enclaustramiento primero al cuidado de su madre y después de su hermana. El libro dedica no sólo las últimas páginas sino también un epílogo en texto a aclarar el hecho de que fue Elizabeth, la hermana, quien, manipulando el legado del filósofo, generó el malentendido tanto tiempo mantenido de Nietzsche como un pensador afín al nazismo o precursor de éste.

La lectura de este volumen nos ha dejado una duda, y es la referida a qué, cómo y cuánto entendería alguien que no posea un conocimiento previo de los personajes, hechos e ideas que en él aparecen, pues muchos de los episodios narrados pueden resultar, desde esa situación, sumamente crípticos. Si ello es o no un defecto dependería fundamentalmente de cuáles eran las intenciones de los autores. Si nos ceñimos al resultado, es claro que éste no es en absoluto un texto apropiado para una primera (y casi nos atreveríamos a decir que ni siquiera una “segunda”) aproximación a Nietzsche. Pero como cada lector hace su propia lectura, al que suscribe, que sí disponía de las claves interpretativas apropiadas, le ha gustado. Veredicto final, entonces: muy recomendable para quien ya esté familiarizado tanto con el pensamiento de Nietzsche como con sus avatares vitales. Para quien no se encuentre en ese caso, pues... no sé.


"¡Yo no creería sino en un dios que supiese bailar!"

martes, 19 de febrero de 2013

"Días de Nietzsche en Turín"

por Agustín Sanz (publicado originalmente en miagoraparticular.blogspot.com)





En esta ocasión te proponemos una sesión de cine, así que repantígate en tu sillón favorito y coge el cubo de palomitas y el refresco supersize (aunque, personalmente, prefiero unos taquitos de jamón y una cerveza... supersize también, eso sí).

En cartel tenemos una bastante desconocida película sobre don Federico que nos puede ayudar a completar nuestro repertorio de biopics filosóficos (con la trilogía de Rossellini indiscutiblemente a la cabeza del género). Se trata de la producción brasileña Días de Nietzsche en Turín (Júlio Bressane, 2001).

Siempre resulta cuanto menos curioso ver plasmado en imágenes cinematográficas a un personaje histórico. Cuando, además, tal personaje es como el que protagoniza esta película, no resulta menos estimulante comprobar cómo se ha superado el reto de generar hora y media de metraje en base a unas "aventuras" que transcurren en el terreno del pensamiento.
      La película, como su título revela claramente, relata el periodo de estancia de Nietzsche (otoño e invierno de 1888) en la ciudad italiana de Turín. Sus problemas de salud impelieron al filósofo a desplazarse frecuentemente a lo largo de Europa en busca de climas benignos para su estado. Así, residió temporalmente en lugares como Sils Maria o Niza y también, como ya hemos dicho, en Turín. Ésta fue además la ciudad en que transcurriría su último periodo de actividad, pues sería allí donde sufriría la crisis que le sumiría sin vuelta atrás en un estado de enajenación mental que le obligaría a retirarse de la vida pública e intelectual durante la década que aún restaría hasta su muerte. Pero la época de Turín fue también la de la máxima madurez de su pensamiento y la de mayor fecundidad en su producción literaria; un momento aparentemente muy satisfactorio en la vida del filósofo, según se trasluce en su correspondencia.
      La película, por lo tanto, retrata esos meses de la vida de Nietzsche, al que vemos pasear por Turín, relacionarse con sus vecinos, leer y escribir (resulta emocionante contemplar a Nietzsche "en acción", al menos desde cierto punto de vista fetichista) y, también, en el último tramo de la película, sumirse en la locura (muy curiosas a la par que sobrecogedoras esas imágenes de cierre en que se dota de efectos de movimiento a una serie de fotografías del pensador ya convaleciente). Pero sobre todo le vemos o, mejor, le escuchamos pensar. Porque la película, carente de diálogos, se construye alrededor del recitado de textos del filósofo. Ello, junto con un recorrido visual por Turín y una soberbia selección musical (Bizet, Wagner,... y también algunas composiciones del propio Nietzsche) dan lugar a una obra concebida para ser paladeada de modo pausado y reflexivo (desde luego, ni te acerques a ella si eres de esas personas incapaces de disfrutar de la lentitud en el cine).

Ni mucho menos se trata de una película magistral, pero sí lo suficientemente interesante como para que merezca la pena dedicarle una parte de nuestro escaso tiempo vital (cosa que, sabemos perfectamente, no se puede decir de muchas otras de nuestras ocupaciones). Además, bien puede servirnos para ayudarnos a olvidar la pésima El día que Nietzsche lloró (Pinchas Perry, 2007).

Bueno, pues no digo más. No olvides silenciar tu teléfono, que esto empieza ya:





Deleuze (por una vez y sin que sirva de precedente)

por Agustín Sanz (publicado originalmente en miagoraparticular.blogspot.com)


Gilles Deleuze no es precisamente santo de nuestra devoción, como no lo suele ser nada de lo que huela a posmodernismo. No obstante, al César lo que es del César. Hemos encontrado unas palabras suyas que nos han gustado, y que vienen a propósito de la tan traída cuestión de la utilidad de la filosofía, que algunos andan diciendo por ahí que ha muerto (no, que estaba de parranda). Este fragmento del filósofo francés posee un valor añadido: que, para variar, se le entiende. En fin, como solemos hacer cuando dedicamos una entrada a una cita que nos ha gustado, callamos pronto y cedemos gustosos la palabra al invitado:


Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve al Estado, ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía.
    Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene un uso: denunciar la bajeza en todas sus formas. ¿Existe alguna disciplina, fuera de la filosofía, que se proponga la crítica de todas las mixtificaciones, sea cual sea su origen y su fin? Denunciar todas las ficciones sin las que las fuerzas reactivas no podrían prevalecer. Denunciar en la mixtificación esta mezcla de bajeza y estupidez que forma también la asombrosa complicidad de las victimas y de los autores. En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo, afirmativo. Hacer hombres libres, es decir, hombres que no confunden los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral, y la religión. Combatir el resentimiento, la mala conciencia, que ocupan el lugar del pensamiento. Vencer lo negativo y sus falsos prestigios. ¿Quién, a excepción de la filosofía, se interesa por todo esto?
     La filosofía como crítica nos dice lo más positivo de sí misma: empresa de desmitificación. Y, a este respecto, que nadie se atreva a proclamar el fracaso de la filosofía. Por muy grandes que sean la estupidez y la bajeza serían aún mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impide ir todo lo lejos que quisieran… pero ¿quién a excepción de la filosofía se lo prohíbe?


No, no es Leonard Cohen. Es Deleuze.

viernes, 4 de enero de 2013

¡Hombre, don Immanuel, usted por aquí!

por Agustín Sanz (publicado originalmente en miagoraparticular.blogspot.com)


Mi texto preferido de Kant es, sin duda y de largo, ¿Qué es la Ilustración?. Publicado en 1784, resulta perfectamente vigente en nuestros días y seguirá siéndolo mientras, por desgracia, no cambien muchas cosas. Aquí voy a compartir un extracto del mismo, porque soy así de generoso y también porque a estas alturas se encuentra libre de derechos de autor. Iba a acompañarlo con algunos comentarios personales (esos lúcidos y tremendamente reveladores análisis que me caracterizan), pero dos cosas han detenido esa intención inicial: la pereza y que no quiero obnubilar a mis lectores con el talento que desbordo. De todas maneras, las palabras del tipo más soso (suponemos) de Königsberg hablan por sí solas. Únicamente una cosa: apliquémonos el cuento.




La Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración.

La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza los ha librado desde tiempo atrás de conducción ajena (naturaliter maiorennes), permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida, debido a la pereza y la cobardía. Por eso les es muy fácil a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia moral, un médico que juzga acerca de mi dieta, y así sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo. Con sólo poder pagar, no tengo necesidad de pensar: otro tomará mi puesto en tan fastidiosa tarea. Como la mayoría de los hombres (y entre ellos la totalidad del bello sexo) tienen por muy peligroso el paso a la mayoría de edad, fuera de ser penoso, aquellos tutores ya se han cuidado muy amablemente de tomar sobre sí semejante superintendencia. Después de haber atontado sus reses domesticadas, de modo que estas pacíficas criaturas no osan dar un solo paso fuera de las andaderas en que están metidas, les mostraron el riesgo que las amenaza si intentan marchar solas. Lo cierto es que ese riesgo no es tan grande, pues después de algunas caídas habrían aprendido a caminar; pero los ejemplos de esos accidentes por lo común producen timidez y espanto, y alejan todo ulterior intento de rehacer semejante experiencia.

Por tanto, a cada hombre individual le es difícil salir de la minoría de edad, casi convertida en naturaleza suya; inclusive, le ha cobrado afición. Por el momento es realmente incapaz de servirse del propio entendimiento, porque jamás se le deja hacer dicho ensayo. Los grillos que atan a la persistente minoría de edad están dados por reglamentos y fórmulas: instrumentos mecánicos de un uso racional, o mejor de un abuso de sus dotes naturales. Por no estar habituado a los movimientos libres, quien se desprenda de esos grillos quizá diera un inseguro salto por encima de alguna estrechísima zanja. Por eso, sólo son pocos los que, por esfuerzo del propio espíritu, logran salir de la minoría de edad y andar, sin embargo, con seguro paso.

(...) Sin embargo, para esa ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio. Pero oigo exclamar por doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financista: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe!


Advertencia: este blog no se hace responsable de las opiniones de sus colaboradores (el señor Kant en este caso). Lo decimos por esa frase de "como la mayoría de los hombres (y entre ellos la totalidad del bello sexo)" ¡Glups!